Periodismo de outsourcing.

Alberto Triana

   Federico Campbell señalaba que en México tenemos una democracia muy costosa, con una declaracionitis que ocupa mucho tiempo y espacio en los medios, pero que finalmente se disuelve en el mar de información.

México es una nación excéntrica, castellana rayada de azteca, decía López Velarde.

Parte cuestionable de este ancestral centralismo mexicano es que el azteca era tan poco responsable de sus actos como de su muerte. Todo estaba previamente trazado, por una especie de orden cósmico, superior a la voluntad humana. De ahí a que estén acostumbrados en la capital mexicana a sentirse el ombligo del Universo.

Pero ya no se puede volver a la naturaleza, lo retro-rural fracasó. También esos discursos de la izquierda mexicana que insisten en la vía armada (esto es, la extrema izquierda). El resultado sería otro México posrevolucionario. Y Rulfo ya nos contó cómo acabó todo eso.

Quizá la alternativa, el nuevo paradigma sean las urbes medianas, con buenos servicios.

El desarrollo económico a la mexicana siempre ha sido a través de modelos de distribución desigual y estructuras crediticias injustas (las elevadas tasas de interés, por ejemplo), que impiden dinamizar el mercado interno. Los créditos pequeños son a corto plazo o con un alto interés (para el pequeño contribuyente), limitado a operaciones altamente especulativas (para la clase media); los créditos mayores terminan siendo absorbidos siempre por los monopolios mexicanos y extranjeros en sus diferentes versiones, ya sea con la privatización o nacionalización de la banca mexicana.

Por lo general el burgués mexicano (banquero, industrial, comerciante y ahora hasta intelectual) es incluso un antiguo izquierdista metido a la política, algún modesto profesionista (cuando no abiertamente mediocre) metido a la política, elevado por el compadrazgo a una función pública. Incluso se retira del cargo para convertirse en un empresario protegido o contratista ventajoso.

Cada sexenio deja su cosecha de plutócratas, producto de una alianza donde prima la voracidad. Casi puede afirmarse con la contundencia del axioma, que nuestros reaganomics autóctonos sentirán como algo normal este derecho.

De ahí el particular maquillaje que traerá la era Reagan mexicana: partidos, cámaras empresariales y medios intentarán convencer a toda costa (pero en primer término a sí mismas), de que en México la lucha de clases ha sido exorcizada. Pero al contrario de las burguesías europeas (y ciertas alcurnias latinoamericanas, me viene a la mente Buenos Aires), la mexicana es es una burguesía ajena a cualquier idea de grandeza histórica: desconoce las maneras de consagrarse públicamente, cree que sus pequeños valores (una ingenuidad provinciana, una sensiblería seudoromántica, de churrigueresco y una seguridad de cuentachiles, ausencia de cualquier dudas y conciencia crítica) le garantizan una satisfacción farisea en afirmarse y condenar lo que amenace su confortable vegetar.

El vehículo de esta sonriente esquizofrenia nacional será la “gran prensa” mexicana. Pero vayamos por partes: un régimen clásico precisa cortesanos. La función del cortesano es halagar el oído del monarca y  recibir en cambio sus favores. Y a la hora del derrumbe, cuando al rey lo llevan amarrado en una vieja carreta sucia y mugrosa (la prensa), rumbo a la guillotina (generalmente cuando acaba el sexenio), clamando en contra de los cortesanos que le impidieron ver claro y a tiempo la ruina de su reino.

Los cortesanos supremos del régimen son pues los periodistas. La prensa se encarga diariamente (a su manera) de destruir el mito de la “unidad nacional”.

La prensa mexicana es la principal arma pública de la derecha y una carga onerosa para el Estado que en gran medida la subsidia.

En México ser periodista es también hacerse pendejo.

Durante décadas, la “gran prensa” mexicana ha sido uno de los principales factores de la muerte cívica de México. Ha engañado, en primer lugar, a la misma burguesía que representa, al gobierno norteamericano que la mima (soltándole jugosas “exclusivas” y boletines), escamoteando a sus audiencias la realidad social de manera sistemática y constante.

En cambio El Tiempo, diario colombiano cuya inercia de poder era tan grande que ya nadie se tomaba el trabajo de quemarlo, no podía permitirse el lujo de tener redactores que pensaran por cuenta propia porque el gobierno no se lo permitiría ni a la propia dirección del periódico, aquel que tantas veces tuvo la oportunidad de coronarse a sí mismo como el campeón mundial del derecho a disentir.

Pero detrás de los encabezados rutilantes que día con día adornan la cultura, la “ruta ascendente” de México hacia la modernidad y detrás de las apariencias clásicas y estables del régimen, una realidad tenaz hace mofa de esta falsa fachada tan cuidadosamente construida. Porque cuando reviente la burbuja cultural capitalina será demasiado tarde.

Vasconcelos, en su infinita sabiduría mexicana, ya advertía que el american way no es para el mexicano. Las élites de EU tienen un enorme impacto en las políticas de gobierno, no así los grupos de interés ciudadano (feministas, ecologistas, ONG’s). Despolitizados, sin acceso a la universidad, con deudas universitarias, es medio difícil lograr cambios en aquella sociedad. Y ni se diga de los inmigrantes hispanos que apenas van para allá.

Irse a Estados Unidos, en busca de un Dream Act y derechos laborales y ciudadanos que no exigieron acá, es francamente ir a hacerse pendejo allá, para acabar de carne de cañón de los políticos. México -advertía Woldenberg- requiere construir su propio modelo socialdemócrata. Una corriente de ese signo puede tener sentido en medio de una inercia (¿mundial?) que es incapaz de desatar el crecimiento económico de un país, de atenuar sus crónicas y oceánicas desigualdades.

Los mismos presidentes mexicanos ya no pueden reactivar a todo el país, solamente por regiones. La desigualdad mexicana podría estar conectada al mercado interno. México debe regular bien sus mercados financieros, la Bolsa Mexicana de Valores, revisar sus políticas recaudatorias. Debe de hacer un revisionismo constante con los empresarios y la sociedad civil, de lo contrario sus esfuerzos podrían estar siendo en vano.

*PATADAS DE AHOGADO: Reformas, no marchas, plantones ni estallidos sociales… Para Carlos Ornelas, profesor de la UAM-Xochimilco, la descentralización educativa en México fue un gran fracaso. Incluso argumenta que este falso federalismo es un eufemismo que oculta al centralismo burocrático. Para contrarrestarlo propone un centralismo democrático, de largo plazo por las deficiencias domésticas, internas y los retos de la globalización.

Pero el largo tiempo -señala Ornelas- se compone de varios vencimientos cortos y medios, no es posible dar grandes saltos (reformadores) y mantener el rumbo. Se requiere de un período de transición, quizá de unos cinco lustros (el cuarto de siglo que le tomará a Venezuela recuperarse de su crisis, por lo que no suena tan descabellada la idea de las transfusiones universitarias).

Es una etapa reformista, no revolucionaria. La parte principal de poder para este proyecto educativo -concluye el profesor de la UAM-, es el control y buen uso de los recursos financieros, del presupuesto, distribuirlo de manera equitativa en todo el país. Ornelas señala que esta descentralización educativa debe ser definitiva, pero pausada.

Ver también:

Etcétera: Aristegui Noticias, Proceso y Revista Emeequis atentaron contra la dignidad de la periodista Anabel Flores según reporte de la ONU sobre las Mujeres

http://www.etcetera.com.mx/articulo/Aristegui+Noticias%2C+Proceso+y+Emeequis+atentaron+contra+la+dignidad+de+Anabel+Flores%3A+ONU/43214

 

Referencias:

*Carlos OrnelasPolítica, poder y pupitres. Siglo XXI Editores. México, 2007.

 

 

 

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