Blade Runner: el pasado también cuenta.

Blade Runner no es un vulgar remake: siguen las referencias cultas, literarias, kafkianas (K como protagonista de El proceso) y es respetuosa con el universo planteado por PKD. 

Alberto Triana

El tenebroso futuro esbozado en 1982 es ampliado en la Blade Runner que se imaginó continuadora de Lang (Metrópolis, El gabinete del Dr. Caligari), solo que cuesta un poco ubicar este expresionismo, desde la cinta de Ridley Scott.

LA MUERTE DE DIOS Y EL SUPERHOMBRE: Desconsolado porque el Dr. Eldon Tyrell no pudo otorgarle más tiempo de vida, Roy Batty pierde la razón, y en un arranque de furia, acaba con el CEO de la Tyrell Corporation, paradójicamente en una sala de ambiente místico.  Es sin duda, como una rebelión bíblica ante el Faraón, con todo lo que eso implica.

No deben asombrarnos estas ideas, el mismo Philip K. Dick tenía arrebatos de tipo místico, gnosticismo cristiano.

EL ASESINO DE DIOS, EL MÁS ODIOSO ENTRE LOS HOMBRES: Batty se convirtió en el asesino del Dios (de la Corporación), el más odioso entre los hombres, incluso acecha a J.F. Sebastian, personaje aquejado por diversos males congénitos, a pesar de que este diseñador les dio asilo en el edificio Bradbury. Luego escapa y va de regreso por su mujer, antes de que los encuentren los blade runners.

Para ese entonces Deckard ya los ha ubicado, y se adentra en el edificio Bradbury, para terminar “su trabajo”. Tras un enfrentamiento en el que se confirma la superioridad de Batty, Deckard intenta huir saltando a otro edificio, pero no alcanza a llegar, quedando a merced de Batty, en uno de los planos más memorables de la década.

En ese entonces, Batty descubre a Deckard como uno de los suyos, y le salva (a pesar de que el policía acabó con su mujer). Posiblemente siente que sus energías se agotan y esta por llegar a su fin, aceptando todo, su pasado, su turbulento presente. También vemos a Deckard que apenas entiende la grandeza de lo que fue Batty, un revolucionario interestelar, que regresó a la Tierra a rebelarse contra el sistema hasta sus últimas consecuencias.

En ese momento llega el detective Gaff, para señalar que ya terminó la colaboración de Deckard con el Departamento de Policía de Los Ángeles.

Sintiéndose a salvo,  Deckard regresa a su domicilio, para tomar sus cosas e irse con Rachel, sintiendo que ya los acechan. Pero al salir, descubren una de las figuras de origami características de Gaff.

Deckard entiende todo: ellos también son replicantes, por lo tanto, tienen los días contados y no solo eso, también serán acechados hasta el final como Batty y los suyos. Y así finaliza de manera abrupta el más grande noir de la década.

ROMPIENDO CON EL PASADO: A la mitad de la secuela, descubrimos que Deckard no solo no murió, sino que algo muy importante del pasado (2019) podría cambiar radicalmente el nuevo año 2049 y tiene qué ver con la constitución de los replicantes, seres orgánicos diseñados a nivel celular para ser lo más idéntico posible a los humanos, según la ingeniería molecular de la Tyrell Corporation. Este detalle, que podría parecer gratuito, forzado, es manejado con mucho cuidado (seguro que a otro director le hubiera salido mal).

Por lo tanto, si Deckard está presente, el pasado es un poco movedizo, inestable, inconsistente; así que podemos tomar como válidas algunas escenas del primer filme, como el final alternativo donde alcanzan a salir de la ciudad:

Villeneuve insiste que el pasado es la clave para entender el presente (2049), en una sociedad como la norteamericana, de cara al futuro. Introducir esta idea en un lujoso envoltorio de blockbuster actual ya es en sí bastante notorio.

Luis Martínez advierte: Digamos que la nueva versión, secuela o segundo capítulo, como se quiera llamar, es digna hija de su tiempo. Del nuestro. Visionaria por realista, alucinada por transparente. La idea vuelve a ser hacer confluir en un único derroche sensorial (visual, musical y hasta táctil) la más íntima sensación de derrota. Pero, de manera inteligente, lo hace desde el ángulo contrario a su predecesora. Si la original fue un shock catastrofista en unos tiempos financieramente ebrios; ésta es una descarga de elegancia formal, de puesta en escena cerca del sonambulismo en una era, ya se ha dicho, al borde de todas las bancarrotas imaginables.

Villeneuve deja en claro que esta urbe futurista continuó, mostrando detalles nuevos desde el inicio (las granjas solares, al parecer se dispersó un poco la permanente oscuridad del 2019), todo este visionado de manera muy respetuosa.

EL SHOCK DEL FUTURO: Hay cambios también, como en la pobreza (material y espiritual de los personajes) a pesar de los enormes avances tecnológicos, detalle que ya se mencionaba en los libros de Philip K. Dick (We can build it, Do androis dream on electric sheeps?) incluyendo al nuevo gurú de la tecnología, Niander Wallace, personaje muy cercano al mercerismo (el culto futurista a un telepredicador, generalmente corporativo, detalle que se menciona solo en la novela).

Incluso de alguna manera redime (aunque sea vaga, e indirectamente) a Roy Batty: si los replicantes ya estaban siendo cuasi-humanos en 2019, y al final de la primera versión Deckard explica que Rachel era una replicante mejorada, diseñada con una edad normal, significaría que el Dr. Tyrell posiblemente le negó a Batty más tiempo de vida. En 2049 el propio Wallace sacrifica a sus replicantes, para él son meros objetos, creaciones, dentro de sus desvaríos mesiánicos.

Eso otorgaría a los dirigentes de las corporaciones del universo Runner una ambigüedad inquietante, en cierta manera son peligrosos porque están ubicados más allá del bien y el mal: ellos no responden a las normas generales de la sociedad, incluso se sienten por encima de ella (baste echar un vistazo a sus monolíticos edificios), dirigentes como Tyrell o Wallace consideran que están creando una nueva civilización. Y nadie, ni blade runners como Deckard o K pueden controlarles, ni siquiera las autoridades de este futuro distópico pueden limitarles. Y esa es otra de las grandes contradicciones del universo Runner.

Pero no creo que alcance a profundizar tanto como se dice sobre la identidad y la inteligencia artificial (sí, a pesar de sus 160 minutos), para mí el Director’s Cut de Blade Runner tiene sus 5 estrellas (dentro del género), y 2049 apenas anda alcanzando las 3 estrellas.

Andy LeaNo llega a ser un clásico, pero esta secuela astuta y visualmente asombrosa aún será estudiada detenidamente por los fanáticos en los próximos años (Daily Star).

Era un hecho, que no iba a poder estar tan densa como la versión de Ridley Scott (imposible, el suicidio comercial); y por otra parte, si empezaban de nuevo en 2049, sería como un remake y de todos modos se iban a molestar los más acérrimos fans.

Quizá se cierra el ciclo narrativo con Ford, como Star Trek cerró el ciclo con Spock (otro de los personajes más icónicos de la ciencia ficción)… o quizá no, es posible que Deckard quedase como el nuevo jefe de policía, como Bryant o Gaff.

Los mismos autos voladores, los spinners, ya no se ven tan lejanos como en aquel impresionante visionado de 1982, bastante adelantado a su época.

Ryan Gosling no lo ha hecho nada mal, dejando la puerta abierta para futuras entregas en busca de la identidad de K. Ahora deberá aprender a interactuar más con humanos, dejando de lado su novia-digital. Es un hecho, quedaron cabos sueltos: Niander Wallace, las prostis de los suburbios, las intrigas corporativas, otras ciudades, otras colonias espaciales, grupos disidentes, aún dentro de los mismos replicantes.

FUENTE: Tomatazos.

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