Rasputín y el colapso del antiguo orden.

Imagen relacionada   La inteligencia que nutrió y alimentó la Revolución Rusa hunde sus raíces en todo el siglo XIX, en los círculos clandestinos de escritores que conspiraban contra el zarismo —que contaron hacia 1840 también con la presencia de un monstruo literario de la talla de Fiódor Dostoievski— en las revistas una y otra vez clausuradas por los censores oficiales, en los místicos que recorrían a pie la inmensa Rusia y en los eslavistas que proclamaban —y así lo creyó el mismo Dostoievski— una especie de destino inexorable para Rusia: ser los redentores de todo el género humano. También se alimentaba de los escritores satíricos, de los cáusticos pintores de esas “almas muertas” que era todo el edificio social de una estructura plutocrática y cerrada, o en los músicos —como el Grupo de los Cinco— que buscaba en el folklore las fuentes de sus creaciones e investigaciones. Por mil y un caminos, diversos, opuestos entre si, toda esa compleja y múltiple alma eslava fue encolumnándose en la senda que debía concluir en el estallido revolucionario.

Un pintor arrinconado por la miseria y la incomprensión, el holando-francés Vincent Van Gogh, hacia 1885 había vaticinado que “‘vivimos el último cuarto de siglo que volverá a terminar en una tremenda revolución”.

Así también, en 1906 un poeta eslavo, Alexandr Blok, con don profético anunciaba el inminente cataclismo:
Veo sobre Rusia, a lo lejos,
un vasto y silencioso incendio.

El incendio crecía y ellos, los intelectuales, lo esperaban. Por eso no podía ser extraño que el fogoso protagonista del futurismo ruso, el autor de esos versos escalonados que escandalizaban en su época, el que luego seria el máximo vate de la Revolución, Vladimir Mayakovski, hubiera de exclamar: “Esta es mi Revolución!”

A comienzos de la segunda década de nuestro siglo —o sea en las puertas mismas de la Revolución— el mundo cultural ruso era uno de los centros principales del arte europeo. El futurismo en poesía, el constructivismo en las artes aplicadas, la plástica y la escultura, la arquitectura y el teatro, así como múltiples tendencias salidas de estos dos troncos fundamentales, removían los cimientos del arte eslavo. Cuando la revolución llegó, estos creadores la sintieron como suya y descubrieron que su propia labor de vanguardia era parte inseparable de ella. También era algo nuevo en la historia, que nunca había conocido esa coincidencia en el tiempo y en el espacio de cambios sociales y políticos junto con la renovación de las formas y conceptos estéticos.

Pero también había otro underground, de ideas esotéricas, que fascinaban hasta a las élites de la Rusia zarista: Grigori Efimovich Rasputín, quien nació en 1882 en la aldea de Provsckoie, era un extraño monje que no tardó en ser respetado y temido por sus vecinos, porque detrás de su mirada penetrante, se encontraba una especie de curandero con notable visión, una clarividencia muy notoria.

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Sucede que Rasputín era capaz de identificar a un ladrón de caballos entre un grupo de individuos aparentemente respetables dentro de la provincia rusa. Y sabía predecir el futuro, causando pánico entre el público. En 1903, siendo un joven de apenas 21 años, irrumpió en la ceremonia de canonización de cierto fraile Serafín para lanzar una profecía. Entre los asistentes, se encontraba Piotr Stolypin, el primer ministro del zar, quien pudo escuchar las palabras de aquel barbudo desconocido:

“Nuestros amados zares han estado esperando inútilmente un heredero varón, después de tantas princesas. Y han perdido ya las esperanzas. Pero yo digo que el zarevich arribará a este mundo antes de un año.”

El zar Nicolás II y la zarina eran muy proclives al esoterismo y a todo lo que tuviera tintes de magia, al grado de que trajeron de Francia a Monsieur Philippe, cuyas dotes de curandero eran muy famosas. La relación con el extranjero se convirtió en estrecha amistad hasta que apareció Rasputín, con quien tuvo el zar un vínculo de amistad más cercano por haber salvado al heredero (el zarevich).

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Sucede que la hemofilia se ensañó en el pasado en varias familias reales de Europa y pudiera haber sido provocada por una degeneración resultante de las muchas reuniones consanguíneas celebradas entre miembros de la misma familia real. Es un mal congénito que consiste en la excesiva fluidez de la sangre, provocada por la ausencia de plaquetas que contribuyen a cerrar, a cicatrizar las heridas.

Cuando se corta, un hemofílico no puede detener la pérdida de sangre, la herida no cicatriza, y corre realmente serios peligros. Para ellos, todo irá bien mientras no se lastimen; pero de sufrir un accidente, la sangre no logrará coagular y la herida no podrá cicatrizar. Este mal congénito no lo padecen las mujeres, pero son ellas quienes lo transmiten. Hasta 1985 la ciencia todavía estaba trabajando en la síntesis del factor VII, la proteína compleja cuya ausencia en la sangre es causa fundamental de la hemofilia. Antes se obtenía esa proteína de la sangre y se purificaba para ser inyectada en los hemofílicos.

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¿Recurrió Rasputín a la hipnosis para aliviar el mal del pequeño heredero? ¿Echó mano de algún remedio desconocido de la medicina popular, practicado en su aldea pero ignorado por los médicos que estudiaron en la universidad, para presentarse como el único hombre capaz de devolver la salud al zarevich? De ser así, no es de extrañar que, habiendo tenido tanto éxito en su tratamiento, el antiguo monje se dirigía en convertirse en el principal asesor de los destinos de Rusia, al grado de influir considerablemente en la pareja real.

Cuando los zares ven que Rasputín es el único de curar a su hijo y aliviarle esos terribles dolores que le produce la hemofilia les invade la fe, confían ciegamente en el campesino, y empiezan a pedirle consejo hasta para los asuntos de estado, la nobles rusos pronto se dan cuenta de la influencia de Rasputín y lo ven como una amenaza, a menudo los periódicos rusos publican caricaturas muy críticas sobre él, con los zares en sus brazos a modo de marionetas.

Caricaturas contra Rasputín y los zares publicadas en la prensa rusa alrededor de 1913.

Los poderes de Rasputín, falsos o verdaderos, se convirtieron en un auténtico peligro ara los nobles y para los que se dedicaban al juego de la política. Muchos empezaron a pensar seriamente en la posibilidad de eliminarlo para siempre porque interfería con sus planes (militaristas). Pero nadie se atrevía a enfrentarlo cara a cara, ni mirarlo siquiera con malos ojos. Curiosamente, en esos días el mismo Rasputín debió intuir su fin inminente. En 1916 escribió una carta, auténtica prueba de clarividencia, en la que presagiaba lo que pasaría en Rusia: sabía que las cosas no iban bien en el país y que había ganado enemigos.

En dicha carta declaraba Rasputín que si era asesinado por los aristócratas y se derramaba sangre, esperaban a Rusia muy graves calamidades, la menor de las cuales sería la huida masiva de los nobles. Perderían sus tierras y sus pertenencias, y encima los sobrevivientes que lograran llegar al extranjero verían terminar sus días en la más espantosa miseria, porque eran incapaces de hacer algo productivo por ellos mismos.

Imagen relacionadaLA EXPLICACIÓN DE LOS BRUJOS: Rasputín fue siempre muy amigo de Nicolás II, por haber salvado al zarevich de sus ataques hemofílicos. Y lo mismo le sucedía a la zarina, afecta a consultar con brujos, profetas, hechiceros y otros seres poseedores de alguna facultad paranormal (más delante me extenderé en este punto de la parapsicología rusa). En sí toda la idiosincracia rusa, desde el zar hasta el más miserable de los mujiks, estaba sedienta de este misticismo. Sobre todo lo relacionado con la magia, atraía al soberano.

El caso es que Nicolás II y la zarina, asombrados por las facultades de Rasputín, pronto de olvidaron de Monsieur Philippe por la ayuda brindada.

En la época en que comenzó la guerra, la influencia de Rasputín sobre la zarina, y a través de ella, sobre el Zar , era casi absoluta, a pesar de la oposición de la nobleza y el clero, quienes veían en Rasputín a un campesino elocuente, pero de escasa educación, borracho, sucio y libertino, que se autoproclamaba santo, pero tenía una misteriosa habilidad para aliviar los padecimientos de Zarevitch durante sus crisis hemorrágicas.

Unos dos meses antes de su asesinato, Rasputín había profetizado la Revolución y la guerra civil rusa. El cataclismo de hecho se originó por un pequeño incidente: resulta que durante todo el invierno los indigentes de Petrogrado habían padecido una creciente escasez de víveres. El 23 de febrero de 1917, cuando las mujeres comprobaron que los panaderos habían aumentado el precio del pan, comenzaron a manifestarse contra el régimen. Luego centenares de trabajadores ferroviarios y fabriles, portando banderas rojas, marcharon por las calles de la ciudad, demandando auxilio.

Pero la caballería cosaca, tropa de choque del zar, se enfrentó a la multitud reprimiendo con garrotes y látigos para dispersar a los manifestantes. Al día siguiente, el 24 de febrero, 200,000 trabajadores se lanzaron a las calles, y los cosacos, resentidos por la matanza de sus camaradas en el frente y por el sufrimiento de la población civil, ya no intentaron siquiera un simulacro de represión.

Cuando el día 26 se encontró por fin un pequeño destacamento de tropas leales dispuestas a abrir fuego contra la alborotada muchedumbre, en todos los cuarteles se amotinaron soldados que ahora se unían a las multitudes inconformes, y hasta los oficiales que intentaron oponerse fueron muertos por sus propios hombres. El zar ordenó entonces la disolución de la Duma, pero sus miembros, habitualmente dóciles, rehusaron dispersarse y formaron un comité ejecutivo provisional que exigió poderes plenos para restaurar el orden.

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¿FUE RASPUTÍN UN PATRIOTA? Para Tomás Doreste, no es cierto que Rasputín, aquél a quien llamaron “el monje tenebroso” haya sido tan nefasto y corrupto como la historia ha insistido en afirmar. Sucede que, desde el principio, se quiso empañar su figura, en especial por parte de la aristocracia rusa y de los fabricantes de armas. Y sabemos que la historia suelen escribirla los poderosos y los que siguen con vida. En realidad, hay razones para pensar que Rasputín fue patriota, a pesar de sus excesos (con la bebida y con las mujeres).

La noche del 30 de diciembre de 1916, Rasputín se presentó en el palacio del príncipe Yusupov, pariente muy cercano del zar, a donde había sido invitado a cenar. Pero el príncipe se había puesto de acuerdo en secreto para asesinar al monje. A esas alturas, ninguno de los confabulados podía ocultar su temor, ante la fama de clarividente de Rasputín. Éste, consciente de que se había ido a meter a la boca del lobo con unos nobles intrigantes, aceptó a probar los manjares que le sirvieron, y los vinos servidos. Mientras tanto, escondidos en un salón contiguo, los próximos asesinos esperaban el momento de intervenir por si fallaba la operación.

Se mostró el anfitrión Yusupov sumamente cordial y logró que el invitado bebiera más vino del esperado y alguna que otra botella de vodka. Ambos licores eran excelentes y estaban saturados de veneno: suficiente estricnina para acabar con todo un regimiento; sin embargo, el monje no se inmutaba, dice la leyenda. Siguió hablando y comiendo, y hasta bebiendo como si nada. Y los conjurados, que esperaban pacientemente, se atemorizaron. ¿Acaso era indestructible aquel monje? ¿Tenía algún pacto con el Maligno, de quien Rasputín debía ser su representante en la Tierra? Si el veneno no parecía surtir efecto, había que recurrir a otros medios más seguros.

El propio Yusupov estaba aterrado al contemplar la resistencia del monje ante la bebida envenenada. Luego lo invitó a inclinarse ante una figura religiosa, para rezar juntos, y en ese momento le disparó a quemarropa. Sus compañeros accedieron al escuchar el disparo, pero con las prisas, uno de ellos tropezó con un cable y se fue la luz. Quedó el salón prácticamente a oscuras. Corrieron entonces a la puerta, presa de auténtico terror, y abandonaron el palacio. Allí quedó Rasputín herido en el suelo, desangrándose por la herida.

Los conspiradores tardaron un rato en regresar, y vieron a Rasputín todavía con vida. Yusupov, armado de valor, le descargó el resto del cargador de su pistola, pero el monje seguía respirando. Luego lo levantaron en vilo y lo condujeron al río Neva, que por fortuna se encontraba al otro lado de la calle. Abrieron un boquete en el hielo y dejaron caer el cuerpo de su víctima al agua helada, pero la mano todavía se aferró al borde del hielo. Finalmente hizo la señal de la cruz -que en el rito ortodoxo se hace comenzando por la derecha- y se hundió. Era la madrugada del último día de 1916.

El 30 de julio del año siguiente, la familia real era masacrada por los bolcheviques.

Se tiene la casi certeza de que quienes asesinaron a Rasputín se ocuparon de difundir los pormenores de su muerte, de manera exagerada, casi fantástica, porque deseaban ocultar su verdadera personalidad: la de una especie de santón milagroso. Estos nobles intrigantes no deseaban que naciera la leyenda del hombre que amaba la patria y la paz para Rusia.

Resultado de imagen para jean jaures

Resultado de imagen para jean jauresJean Jaurès también fue asesinado porque se había negado con todas sus energías a que su país declarase la guerra a sus vecinos alemanes. Y poseía también documentos de enorme importancia que de haber sido publicados en su momento, hubieran impedido la entrada a Francia en el conflicto bélico. Pero tal cosa no convenía a ciertos intereses mezquinos, económicos y políticos. Ni a quienes fabricaban armamento y no deseaban perder la oportunidad de obtener en la guerra europea jugosos contratos de los ejércitos.

Rasputín había aconsejado al zar de que Rusia permaneciera neutral en caso de estallar una guerra entre Alemania y los Aliados, porque ningún beneficio obtendría Moscú. El país no estaba en condiciones para lanzarse a una aventura bélica tan arriesgada.

Pero los grupos partidarios de la guerra odiaban a Rasputín. Durante la corta ausencia de la corte que se vio obligado a realizar, obtuvieron estos grupos intrigantes del débil zar la orden de movilización militar. Pero el monje se enteró y envió un telegrama a Nicolás: insistía en que aún era tiempo de firmar una paz por separado con el Káiser de Alemania.

Fue entonces cuando el príncipe Yusupov asumió la tarea de acabar con el monje, con la ayuda de varios aristócratas rusos interesados en su desaparición. Y lo hicieron por propia iniciativa, pero más seguro por encargo de alguien que permaneció en el anonimato. Incluso se ignora si el monje ruso pereció de verdad, si estos conspiradores quisieron presentar una farsa, haciendo hincapié en el vigor casi sobrenatural de aquel hombre. Al resaltar lo tenebroso alrededor de la figura de Rasputín, los rusos en general se olvidarían así de las verdaderas circunstancias que condujeron al crimen.

Al triunfo de la Revolución de Octubre, fueron eliminados todos estos monjes como Rasputín.

Referencias:

*Colin Wilson: El mago de Siberia. Editorial Planeta, S.A. 1990.

 

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