CINE: Dunkirk, el ocaso del Imperio.

Comparado con el cine bélico anterior (incluso parte del actual), Dunkirk se ve ya inferior; es el tono de cine independiente lo que le da señas de identidad…

Alberto Triana

Aclaro que este año no pude ver muchas cintas, pero para el que esto escribe, Dunkirk fue la mejor, frente a decepciones como Blade Runner 2049 o The Last Jedi (por las enormes expectativas, incluso generacionales). En ese sentido, Dunkirk cumple cinematográficamente, a medio camino entre el blockbuster y el cine de autor. Porque hay en el filme de Nolan ecos de El Señor de las Moscas, de William Golding: el derrumbe civilizatorio, la anarquía, la ceguera, la cobardía frente al enemigo. Incluso sugiere que el británico puede llegar a ser el lobo del británico.

Otros cineastas imaginan una fecha venidera y muchos cinéfilos no les creemos (del todo) porque sabemos que se trata de una convención cinematográfica; Nolan ubica el escenario en la década de 1940 y a pesar de que los protagonistas son actores de otra generación, sentimos la fatiga, el tedio, el cansancio, la vasta y vaga acumulación del pasado (el dark backward and abysm del verso de Shakespeare).

¿Qué ha hecho el Imperio Británico para que episodios como la retirada de Dunkirk se sientan tan vigentes en el mundo actual? Incluso los franceses no salen mucho, apenas se les menciona, mientras los germanos apenas son captados (aunque se siente su amenaza latente), en el desplome del corazón industrial de Europa.

Lo importante no es el hecho histórico en sí, como en Saving Private Ryan o Enemy at the Gates, sino la resonancia que tiene Dunkirk en la coyuntura actual del Brexit. Es en efecto, un nuevo Señor de las Moscas, con sus Spitfire derribados, sus náufragos en Francia mientras los oficiales más sensatos tratan de mantener el orden (¿civilizatorio?) ante el derrumbe de los valores (militares) imperantes. Los cineastas advierten, que la nueva generación no está preparada y debe replegarse, pero manteniendo el orden y la compostura (como el personaje de Branagh), en el crepúsculo del imperio británico (ya disminuido por los nuevos avatares de la globalización).

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Dunkirk es, en efecto, un William Golding industrial: los estados fascistados siempre empiezan con su obsesión con la productividad.

Todo género es una convención narrativa, me explico: hay unas pocas experiencias cinematográficas fundamentales y es indiferente que un director, para transmitirlas, recurra a alguna épica napoleónica del siglo XIX, a Ricardo III o a Raskolnikov, a la Línea Maginot o a las trincheras del filme de Kubrick.

Qué importa que Dunkirk no sea War and Peace, si a través del personaje del piloto (Tom Hardy) sentimos otro trágico desenlace, como el del príncipe Andrei Bolkonski en la epopeya de Tolstói.

Hacia 1998 vi, en el crepúsculo de un cine que ya no existe, la épica trágica del capitán Miller, tratando de salvar a Ryan en la villa francesa de Ramelle. Este año, gracias a la producción de Nolan, he podido recordar viejos temores de ese momento histórico.

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