Cortés: nuestro enemigo imaginario

Jordi Soler / Milenio

Hablar positivamente de Hernán Cortés, y también no hablar muy mal de él, es un acto temerario en México, y un acto casi absurdo en España, pero siempre puede hacerlo un francés, como Christian Duverger, que escribió una apasionante biografía del conquistador (Hernán Cortés, Editorial Taurus, 2005), rigurosamente anotada y contrastada con una cantidad apabullante de libros y documentos, que resulta sumamente convincente.

Cortés era, además del macho brutal que ya todos conocemos, un hombre culto y sensible que no solo era partidario del mestizaje, sino que combatió toda su vida el proyecto del reino que era, grosso modo, exterminar a los indios y fundar en México una Nueva España literal, solo con habitantes españoles, un proyecto parecido al que dio origen a Estados Unidos.

Pero Cortés se opuso sistemáticamente a este proyecto, entendía que México tenía que ser un país independiente, no una colonia de España; según nos cuenta Duverger, cuando Cortés vio que el país alcanzaba una calma relativa, cuando estaba ya parcialmente organizado a la española, se vio tentado varias veces a cortar los lazos con el reino de España y a declarar la independencia de México.

Ya en el año 1524, Cortés veía que México no necesitaba ni el gobierno ni la economía española; la religión le parecía importante, siempre y cuando se estableciera en términos sincréticos, es decir, preservando las creencias prehispánicas. Además, a esas alturas de la Conquista, Cortés ya se había amestizado, ya no era propiamente un español, al contrario, se negaba a aplicar, por ejemplo, las órdenes del rey Carlos V, que exigía que en la Nueva España tenía que implantarse la segregación racial y prohibirse los matrimonios mixtos; de hecho él personalmente incumplía los dos preceptos.

Mientras Cortés estuvo al mando, por citar otro ejemplo, la Santa Inquisición no pudo operar en México. Pero quizá el episodio más significativo, que matiza al soldado bestial y monocromático que en México y en España nos empeñamos en ver, es el de la fundación del Colegio de la Santa Cruz, en Tlatelolco, en el año 1536, durante la segunda estancia de Cortés en nuestro país, cuando el sentimiento en el establishment del reino en España, era que el conquistador, ese español renegado, proindígena y sumamente problemático tendría que desaparecer.

OCASO DEL PROFETA DEL NUEVO MUNDO: Finalmente el rey de España, por medio de sus virreyes, aniquiló a Hernán Cortés, le quitó sus propiedades, lo despojó de su poder político y lo orilló a regresar a España, donde murió suspirando por su amado país, que era México. En el Colegio de la Santa Cruz, que fundó Cortés con la ayuda de los franciscanos, se enseñaba exclusivamente en nahua y en latín, no en español, que era la lengua del reino.

POPULISMO DEMAGÓGICO DE AMLO: No se entiende bien por qué el presidente, cuando habla de nuestro pasado español, se expresa con esa virulencia y ese resentimiento; lo único que queda claro es que se trata de un discurso inocuo en España y estéril en México, que solo enturbia esa conversación que tienen pendiente los dos países, y que nunca podrá producirse desde la provocación y la bravuconada.

Ambos capítulos buscan resucitar un fantasma, dibujar un enemigo en el que el pueblo pueda descargar su frustración; un enemigo, por cierto, que no se da por enterado, porque en España la figura de Cortés es tan repelente como lo es aquí. Para la inmensa mayoría de los españoles, nuestros enemigos imaginarios, México es un país entrañable.

Ni el conquistador ni los españoles son responsables de los vicios mexicanos, y en estos tiempos de gresca trasatlántica, no viene a mal recordar las virtudes que desde luego las tenía, Hernán Cortés.

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